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Operadores canadienses no sabían el poder que tenían, ahora pueden paralizar el país entero

Una procesión estruendosa de tractocamiones llegó a la capital canadiense Ottawa , bloqueó las calles principales, atrajo a miles de simpatizantes, enfureció a los residentes y durante tres semanas captó la atención de una nación conmocionada. Aunque ya se fueron, han dejado a los canadienses con preguntas trascendentales sobre el futuro político de su país.

¿La ocupación fue un caso aislado o el comienzo de un cambio más fundamental en el panorama político del país? ¿El bloqueo caótico molestó tanto al público que el movimiento no tiene posibilidad de continuar en el futuro o formó la base para una organización política duradera?

“Existe la preocupación, y se ha expresado de muchas maneras, de que este movimiento de protesta se convierta en algo mucho más significativo y más prolongado”, dijo Wesley Wark, investigador de alto rango del Center for International Governance Innovation, un grupo canadiense de políticas públicas. “Recibió bastante apoyo para propagar su mensaje”.Flores de plástico dejadas por los manifestantes después de que la policía despejó las calles cercanas al Parlamento el sábado.Ian Willms para The New York Times

El momento tiene un vínculo excepcional con la pandemia: los operadores manifestantes exigían un alto a todas las medidas gubernamentales contra la pandemia. Pero también forma parte de una tendencia más generalizada.

De alguna manera, las redes sociales han sido una fuerza impulsora detrás de las protestas callejeras de la última década, pues han facilitado la convocatoria de multitudes en ocupaciones que van desde el Parque Zuccotti en Nueva York hasta el Parque Taksim Gezi en Estambul.
Sin embargo, las investigaciones han demostrado que este tipo de movimientos suelen tener dificultades para transformar su energía en un cambio real.

La tarde del domingo 20 de febrero, las calles de Ottawa, antes obstruidas por camiones, comedores improvisados y manifestantes ruidosos, estaban casi vacías excepto por las patrullas de policía. Una zona del centro de la ciudad se había cercado.

Se desalojó a un conjunto de manifestantes que ocupaba el estacionamiento de un estadio de béisbol, aunque alrededor de dos decenas de camiones pesados y otros vehículos se reunieron de nuevo a menos de 100 kilómetros de la ciudad.

Los manifestantes instalaron el domingo un nuevo campamento en el Herb’s Travel Plaza, a unos 100 kilómetros de Ottawa.Ian Willms para The New York Times

Durante la ocupación de tres semanas, muchos aspectos de las protestas molestaron a los canadienses. En un bloqueo fronterizo en Alberta, la policía incautó una provisión grande de armas y acusó a cuatro manifestantes de conspirar para asesinar a oficiales de policía.

No obstante, los manifestantes también consideraron gran parte del disturbio que causaron como una victoria táctica.

En Ottawa, desde el comienzo tomaron desprevenidos a los agentes de seguridad. Algunos camioneros declararon en entrevistas que les sorprendió que se les permitiera quedarse en primera instancia, y el jefe de policía de la ciudad renunció en respuesta a la indignación pública por la lentitud con que las autoridades se movilizaron para desalojarlos.

Un contingente en Windsor, Ontario, bloqueó un puente clave entre Canadá y Estados Unidos durante una semana, lo que obligó a las fábricas automotrices a reducir su producción y causó una alteración en el flujo comercial que se calcula en unos 300 millones de dólares al día.

La disolución de la protesta sucedió después de que el primer ministro Justin Trudeau, quien se ha autoproclamado defensor de los derechos humanos, invocó una medida de emergencia que facultó a la policía para incautar los vehículos de los manifestantes y les permitió a los bancos congelar sus cuentas. La decisión de Trudeau propició que la Asociación Canadiense de Libertades Civiles tomara acciones legales para anular la orden, pues la tildaba de “inconstitucional”.Al día siguiente de la represión policial, los equipos de limpieza organizaron la zona cercana al Parlamento que estaba ocupada.Ian Willms para The New York Times

El líder del Partido Conservador, Erin O’Toole, se había inclinado cada vez más al centro, pero fue forzado a dimitir y fue remplazado temporalmente por un partidario acérrimo de las manifestaciones. Además, Doug Ford, el primer ministro de Ontario, suspendió el requisito de comprobante de vacunación y los límites de aforo para los negocios un poco antes de lo previsto.

Ninguna de estas medidas se vinculó de manera directa a las protestas —Ford dijo de manera explícita que no estaba respondiendo a las demandas de los manifestantes, sino a las tendencias de salud pública—, pero ambas fueron celebradas como victorias por las personas que estaban protestando.

Quizá lo más transcendental fue que, bajo la mirada de cámaras de televisión omnipresentes y de celulares que transmitían en directo los sucesos, las protestas dominaron los ciclos de noticias durante varias semanas y generaron conversaciones sobre las restricciones contra el coronavirus.

“La lección más importante de todo esto es que todos aprendimos que tenemos poder”, comentó B. J. Dichter, portavoz oficial del convoy, en un debate en línea entre partidarios la semana pasada. Mucho de esto ha “sucedido como resultado de la unión de todas estas personas”, afirmó.

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