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Dolor y gloria. La trágica historia de Emilio Carranza, pionero de la aviación

Los vuelos a larga distancia hoy son tan comunes como numerosos. Sin embargo, hace 100 años no se presentaban con tanta facilidad como ahora.

En ese escenario, el nombre de Emilio Carranza está asentado con letras de oro en los anales del transporte aéreo en México.

Carranza nació el 9 de diciembre de 1905 en la Villa de Ramos Arizpe, Coahuila. Por sus venas corría sangre aérea, ya que era sobrino del general Alberto Salinas Carranza (fundador de la Escuela Mexicana de Aviación), además de Venustiano Carranza.

Esta fue una de las razones por las que desde muy pequeño tuvo acercamiento con este sector. Años después ingresó a la Escuela Militar de Aviación de la cual se tituló como Teniente Piloto Aviador con apenas dos décadas de vida.

Tan sólo un año después obtendría el grado de capitán después de ser partícipe en los combates en contra de la campaña yaqui en el estado de Sonora, etnia que llevaba luchando por la propiedad de sus tierras desde 1870.

El rey de los vuelos a larga distancia

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Desde siempre mostró valor y arrojo, patentizando su carácter al ser pionero de los vuelos sin escalas y de larga distancia.

Su nombre empezó a sonar en todo el mundo en septiembre de 1927, cuando realizó un vuelo de larga distancia desde la Ciudad de México hasta Ciudad Juárez.

Gracias a ello, recibió una amplia felicitación por parte del Departamento de Aeronáutica al establecer un admirable récord.

Posteriormente, Carranza reafirmaría sus habilidades en esta clase de vuelos al realizar otro hacia San Diego, California.

No obstante, aún faltaba su mayor proeza; realizar un vuelo sin escalas desde la Ciudad de México a la ciudad de Washington, EU, lo que se consideraría el segundo viaje más largo en todo el mundo hasta esa fecha.

A iniciativa del entonces presidente de la República Mexicana Plutarco Elías Calles y auspiciado por el periódico Excélsior, se planeó que Carranza partiera el 11 de junio de 1928, pues era un buen pretexto para que el gobierno mexicano estrechara sus relaciones con las autoridades estadounidenses.

Era tal su popularidad que para las diez de la mañana todos los mexicanos estaban enterados y seguían las noticias de cómo progresaba el vuelo en su trayectoria asignada.

Si bien se presentaron algunos retrasos por las inclemencias del tiempo, el objetivo fue alcanzado a las 17:15 horas del 12 de junio.

Carranza fue recibido por autoridades estadounidenses y mexicanas, y posteriormente se le consideró embajador de México en vuelos de buena voluntad.

Su trágica muerte

Luego de esta proeza, Carranza viajó a Nueva York donde planearía volar de regreso y sin escalas a la Ciudad de México el 2 de julio, pero el mal tiempo lo obligó a retrasar su viaje varios días.

Según crónicas de aquella época publicados en el periódico ‘El Universal’, el capitán Carranza fue llevado al hotel Waldorf Astoria donde recibió durante la cena un telegrama que había llegado de urgencia.

Esto lo hizo levantarse bruscamente de su mesa para hablar al aeropuerto y pedir que alistaran su avión. Ignorando la tormenta, el capitán Carranza, salió del Campo Roosevelt de Nueva York a las 7:18 de la tarde.

Del vuelo no se tuvieron noticias hasta el día siguiente, donde un grupo de personas que recogía bayas en la región de Sandy Ridge en Pensilvania notificaron a las autoridades locales haber encontrado parte de un ala de avión.

Minutos después se confirmaría la muerte de Emilio Carranza, aparentemente causada por un rayo. Con tan sólo 23 años de edad, el capitán enlutó a todo un país.

Trasciende que, luego de recuperar su cuerpo, se encontró un telegrama en su traje firmado por el entonces secretario de Guerra y Marina, general Joaquín Amaro, el cual decía: “Sal inmediatamente, sin excusa ni pretexto o la calidad de tu hombría quedará en duda”.

Los restos del capitán Carranza fueron depositados en la Rotonda de los Hombres y Mujeres Ilustres del panteón Civil de Dolores; ahí cada año, la Fuerza Aérea Mexicana realiza una emotiva ceremonia de conmemoración.

El pueblo de los Estados Unidos le tributó grandes honores por su heroica hazaña, erigiéndole un monumento en la población de Mont Holly, marcando el sitio en el cual el ‘águila’ mexicano replegó sus alas.

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