
El arranque de la presidencia de Augusto Ramos Melo en la CANACAR llega con reflectores encendidos. El empresario, electo para el periodo 2026-2027, ha prometido una cámara más política, más visible y más influyente, en contraste con el estilo más técnico y discreto de la gestión anterior. Esa narrativa entusiasma a buena parte del gremio, pero también le sube la vara: una CANACAR más política implica una CANACAR más exigida en resultados frente a problemas que llevan años atorados.
1. Renovar una flota vieja en un mercado frío
Uno de sus primeros retos será la renovación del parque vehicular. La edad promedio de los camiones sigue siendo alta y el mercado de unidades nuevas viene golpeado por la caída en ventas y el encarecimiento del financiamiento. Sin un programa serio de chatarrización, incentivos fiscales y esquemas de crédito aterrizados al pequeño y mediano transportista, la promesa de modernizar la flota puede quedarse en slogan.
Aquí la CANACAR política tendrá que convertirse en CANACAR negociadora: sentarse con gobierno federal, banca de desarrollo, armadoras y proveedores para construir esquemas de renovación viables. Si no hay números concretos —más unidades nuevas en calle, menos chatarra circulando—, el discurso de competitividad frente al ferrocarril y a jugadores globales se va a debilitar.
2. Déficit de operadores: del diagnóstico a la acción
El déficit de operadores es otro frente crítico. Faltan miles de choferes y muchas empresas tienen camiones detenidos por falta de personal calificado. Ramos ha hablado de fortalecer la formación, atraer talento joven e impulsar mejores condiciones laborales, pero eso exige pasar del mensaje motivacional a un plan operativo:
- estándares de capacitación y certificación comunes,
- esquemas claros de jornada, descanso y pago,
- y una postura firme en la discusión sobre la reforma laboral aplicada al autotransporte.
Si CANACAR no ayuda a hacer del volante una carrera formal, bien pagada y menos riesgosa, la escasez de operadores seguirá siendo el talón de Aquiles del sector.
3. Seguridad y peso político real
La bandera central de Augusto Ramos es construir una CANACAR con peso político. Eso significa dejar de ser solo una cámara que reacciona a las crisis y convertirse en un actor que influye en decisiones de seguridad carretera, infraestructura, regulación y nearshoring.
El reto es doble: por un lado, incidir en políticas de seguridad que reduzcan robo de carga, extorsión, abuso de grúas y el “peaje invisible” de la inseguridad; por otro, construir una narrativa pública sólida que recuerde, con datos, que cada camión detenido por violencia o corrupción termina encareciendo productos y restando competitividad al país. Eso implica menos boletines y más estudios, mapas de riesgo, mesas técnicas y cabildeo profesional.
4. Unir a un gremio fragmentado y modernizar la cámara
CANACAR es un mosaico: grandes flotas, pymes familiares, regiones con realidades muy distintas. Convertir esa diversidad en una agenda común será esencial para que la cámara no se vuelva un campo de choque entre intereses. La política de Augusto Ramos tendrá que combinar cercanía con las bases y disciplina interna para que las delegaciones se sientan escuchadas… pero también alineadas a objetivos medibles.
En paralelo, la cámara arrastra un reto de modernización interna: digitalizar trámites, profesionalizar la comunicación, ofrecer estadísticas útiles y capacitación en línea. Si la membresía no percibe valor tangible —ahorro, información, herramientas—, el discurso político pierde tracción.



